El Nacional – Sábado 28 de Enero de 2006 Papel Literario/4

Papel Literario
EL PAÍSVISUAL
Periférico Caracas

Karina Sainz Borgo
ksainzborgo@cantv.net

Año 1979. El petróleo se había convertido en una franquicia ciudadana: su aceite nos confería existencia; nos hacía visibles. El Estado crecía, gestionaba, promocionaba, convertía un museo en dos, mudaba y adquiría colecciones, estampaba cinestismo en las turbinas, cortaba tantas cintas tricolores como fuesen –o no– necesarias.
El país entraba y salía de sí mismo, eufórico: adquiríamos progreso sin fecha de vencimiento. Marta Traba alzaba su dedo y acusaba; luego volvía a sus casillas, pero de eso, también, hace ya mucho tiempo. Sí, corría el año 1979 cuando Federico Fernández retrató a la sociedad caraqueña que devino en costumbre. En el centro de un país que construía su musculatura cultural, el lugar visual comenzaba a perder foco. Inaugurando se llamó la serie fotográfica que retrataba un país perdido; listo para el olvido. Y nadie quiso. Y nadie pudo.
Y nadie vio. Y aquí estamos. Punto y aparte para el mea culpa. Han pasado casi 30 años desde ese entonces. Menos visibles que antes, comenzó –para algunos- el ejercicio de mirar de nuevo. El pasado 11 de diciembre de 2006, en la inauguración del centro de arte contemporáneo Periférico Caracas, Alfred Wenemoser, uno de los propulsores del proyecto, se paseaba por el blanco galpón de los ocho que integran el conjunto con una libreta Moleskine en su mano.
Wenemoser invitaba a los asistentes a estampar firmas o buenos deseos. La muestra inaugural, curada por Jesús Fuenmayor y que reunía a 19 artistas bajo el nombre Próximamente… , tocaba el hombro desprevenido de los asistentes con sus puntos suspensivos. Su nombre, cual invocación de lo que está por aparecer, no se valía de mayores artificios, salvo la discreta Moleskine en la que Alfred Wenemoser podría encontrar hoy una hoja suelta con el gerundio Inaugurando.

Grandilocuentes no; locuaces

Periférico Caracas -y su media hectárea de terreno- cumple hoy poco más de mes y medio siendo tal. En esos, los galpones de Los Chorros, los mismos donde Melchor Vallenilla invocaba un vuelo de tornillos y su hermano, Pedro Centeno Vallenilla, ensayaba una nueva voladura para las faldas del Ávila, funciona ahora un complejo multidisciplinario para el arte contemporáneo. En sus ocho galpones habrán de converger talleres de tipografía, con otros dispuestos para la conservación de patrimonio, escultura y fotografía. Vecinos entre sí serán, también, la galería de Fernando Zubillaga y la Oficina #1 de Luis Romero, que compartirá lugar con la sala de usos múltiples, dispuesta para charlas y seminarios, y que hoy hace las veces de sala de exposiciones.
A la manera de una experiencia integradora que surge, como dicen sus responsables, sin expectativas ni grandilocuencia, Periférico Caracas piensa el vacío desde sus propios márgenes.

Las contradicciones no se resuelven, se piensan

Próximamente… , la colectiva que abre las puertas de Periférico Caracas –y que tendrá clausura mañana domingo 29 de enero- reúne obras recientes de Carla Arocha, Valerie Brathwaite, Déborah Castillo, Sigfredo Chacón, Héctor Fuenmayor, Alexander Gerdel, Alí González, Beatriz Inglessis, Suwon Lee, Yuri Liscano, Diana López, Daniel Medina, Julio César Palacio, David Palacios, Alfredo Ramírez, Luis Romero, Luis Salazar, Christian Vink y Alfred Wenemoser. No hace falta mirarla con detenimiento suficiente para entender que no está lista, ni pretende estarlo. No hay fichas técnicas, tampoco catálogo. Su deliberada pobreza actúa como una construcción.
Acentúa y subraya, cual advertencia, su tránsito. Es, a fin de cuentas, “una manera de estetizar el por ahora”, en palabras de Jesús Fuenmayor. Demasiado acostumbrados a la provisionalidad –a lo que inaugura pero no sobrevive-, Fuenmayor se ha propuesto hacer visible la gestación de Periférico Caracas. El cero comienza su propia cuenta y abandona el vacío a la vista de todos. “La provisionalidad nos concierne y como decía García Canclini: las contradicciones no se resuelven, se piensan”.

Periférico Caracas acentúa su deliberado poco a poco no como un J’ acusse, tampoco como acto de contrición. Es un examen. Uno que arroje preguntas sobre el sistema expositivo y curatorial hasta entonces conocido y que ponga sus ojos en las deficiencias acumuladas al momento de estudiar las artes visuales venezolanas.

Periférico está lejos. Sí, lejos de las ruinas, los mártires o las buenas intenciones. “El discurso antimoderno es un discurso moderno. La falta de investigación viene de allí. Al artista se le ve como al genio descubierto o talento indescriptible. El arte es una forma de conocimiento y la sociedad venezolana debe asimilarlo. Eso no ha sido posible, en gran parte y medida, por las estrategias de promoción de un Estado que actuó como industria cultural. En otros países donde la discursividad y el diálogo fueron importantes, es posible saber quién es (Cildo) Meireles o quién es Tunga; nosotros aún no podemos ubicar a Roberto Obregón. Nuestros artistas modernos no han sido estudiados. Se mantienen en un pedestal que nadie quiere tocar, sin estudiar sus procesos ni sus consecuencias”, Fuenmayor dixit. Miope por herencia, el presente emprende una doble tarea: verse a sí mismo y a su propia representación.

Periférico Caracas no pretende sancionar ni legitimar. Parte de lo que tiene para alcanzar el lugar latente de su propio pulso. No otorga visibilidad, la construye: lo local y lo foráneo pretenden conexión entre sí. Privilegia el diálogo sobre el aplauso; prefiere el proceso al fin que llega a ser tal por la lógica del parapeto y la corte milagrosa de la cinta plástica. De allí que se aproveche de sus márgenes para incluir nuevos públicos –especializados y emergentes –.
Lejos de la antigua furia de las cintas tricolores, sin nostalgia alguna por los pedestales y sus promesas, y recorriendo esta vez el camino inverso, Periférico Caracas intenta repensar sus propios bordes antes de llegar al centro. Esta vez sin gerundios.
 

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